Apología del silencio
Diarios del editor, gajes del oficio · #1
Seguramente ya lo haya dicho en otros escritos y en otros contextos, pero lo diré cuantas veces sea necesario para sentirme entendida. La primera vez que lo dije fue en un acto confesional y tal vez avergonzante: le expresé a alguien muy cercano que, aunque amo la música, amo aún más1 el silencio.
El silencio es un bien y un mal necesario. Mi profesión parece exigirlo con una fusta de vidrio que se me quiebra en la espalda cada vez que me interrumpen el flujo de trabajo (que yo prefiero llamar enajenación, pero no quiero quedar como un loquito del centro).
El silencio permite que el sonido valga algo. Que cuente, que importe. Porque a veces hay que gritar, hay que cantar, hay que gemir y hay que ladrarle a los hijos de puta. Pero luego hay que reposar en el silencio. Con la lengua bien pausada en el paladar, en esa curvita especialmente diseñada para poner la punta plana y endurecida. Todo músculo debe ejercitar el reposo.
El silencio es una virtud y es un don. Como hija única jugué en unos silencios de arena, en unas suspensiones sonoras que estaban intervenidas por un diálogo interno tan fuerte que quizás eran también ruido. Pero supe siempre intervenirlo con unos retacitos de hablar sola (herencia paterna) o volver al crujido lindo del ambiente (herencia materna). La textura sonora de casita de madera, del aguaribay doblado por el viento patagónico y que me regalaba un ruidito artificial de cascada sólida.
Amo el sonido, amo el sonido y lo juro casi que con lágrimas en los ojos. Pero he aprendido a ser en el silencio y que se sienta del mismo modo que se siente el aire cuando uno atraviesa una habitación bien iluminada. ¿Cómo es que la soledad y el silencio han marcado mi existencia de tal modo que mis prácticas, mi trabajo y mi manera de pensar solo saben hacer gala de mi amistad con el fenómeno mudo?
¡Con amor, que luego la cueva es ermita y la soledad un cielo! Porque solo importa qué palabras le asignemos a cada cosa. Que la palabra escrita se lee en silencio, pero se digiere en sonido. Que amo la música, incluso algún rechinar molesto o la bocina del micro, pero fundamentalmente, amo el silencio.
Hay que saber que el silencio no es puro; no es impoluto. No es equivalente a vacío porque no puede ni debe serlo. En esa vetita está la gracia de todo, la lágrima o el cortado (o el ying y el yang, si lo prefieren más oriental). Acaso una manchita en el espejo del baño o un arañazo en la lente de contacto. Cosas del uso, cosas de la realidad.
Finalmente, parece que hay que saber disfrutar de todo: taconeo lejano, música de fondo, conversación escuchada sin querer, chiste murmurado en un mal momento, puteada sentida, arrullo.
Y el silencio, cosa divina.
Para los absolutos del amor, lea también: «Querer, entre la cuantificación y el modo».


Amé ❤️