Jugar al espectro
Diarios del editor, gajes del oficio · #2
A veces uno tiene que echarse una sábana encima y obrar así.
Anónimamente bajo el algodón y con dos agujeros a la altura de los ojos. Y sin boca. En determinados casos, la gracia está en hacer tambalear una silla, mover un cuadro, hacer que se abra una puerta de repente. Lo suficiente como para asustar un poco a la gente y lograr que las cosas parezcan ligeramente más dinámicas, encantadas (aunque su entereza ya esté dada), pero sin llegar a confundir esos movimientos con algo demoníaco y que hagan un exorcismo en el sótano en balde.
Mis últimos trabajos han exigido esa opereta fantástica. A veces editar es ser un fantasma con dotes de decorador de interiores. Suena más bonito de lo que es, pero sí es admisiblemente bonito. Es divertido, dañino para el ego, exigente, cansador. Me gusta igual. Acá estaría bien una planta, pero no pongas el sillón mirando al norte que te caga el feng shui o lo que sea.
La palabra ghostwriter —un tipo de trabajo en lo que incursioné hace unos meses— me parece graciosa, pero certera. Una clienta me preguntó si estaba bien llamarme así, porque originalmente le dije que era editora, hasta que tuve que meterle mano a su manuscrito de una manera medio inescrupulosa (siempre con consentimiento textual, por supuesto).
Su pregunta, transmitida con mucho pudor, porque era un término que había encontrado en internet sin certeza —como si no supiera desde el vamos que estaba haciendo cosas medio de Nosferatu con su original— y con la posible ofensa de acercar mi trabajo con cuestiones de ultratumba, no me daba pudor a mí. Le dije que me parecía bárbaro, cómo no. Redactor no es mala palabra, escritor fantasma tampoco debería serlo.

El editor en muchas ocasiones obra como espectro o como aparición, pero, en vez de desordenarte los placares o revolearte los libros de la biblioteca (como un gato o como un ladrón enojado), cambia la estructura de los textos, reordena oraciones, mueve secciones de lugar. Una vez terminado su trabajo de desordenar y —teóricamente, porque a veces el criterio falla— reordenar, se desvanece. Es sombra, es polvo, es un sospechoso espacio en blanco en la página de legales, especialmente si es para un cliente monopólico, como podrán notar los lectores más minuciosos.
El anonimato siempre ha sido una cosa fascinante para mí. El internet me ha dado la posibilidad de explorar partes de mi identidad y acercarme a comunidades bajo seudónimos y los quichicientos correos electrónicos que he creado a lo largo de mi vida. Es como conocer gente nueva: a veces ese contacto despierta cosas en uno que dormían profundamente, pero que de todas formas le eran suyas, al menos desde cierto ángulo.
Hay mucha belleza en poder obrar, hablar y pensar desde un otro-yo. El alter ego muchas veces suplanta el anónimo y permite explorar cosas interesantes de la personalidad y los intereses, asignándose un nombre. Y luego está la tercera opción: no figurar. Puede ser, en ciertos casos donde uno no pone tanto de sí, algo fantástico. Una especie de complicidad con el texto que solo uno conoce.
Otra cosa es trabajar con autores ya muertos —experiencia que también he vivido a pesar de mi corta carrera—; ahí somos dos fantasmas y nos entendemos más que bien. Sobre todo porque el realmente fallecido está tan lejos del plano que no protesta por nada. Si lo hace es solo en sueños reveladores que ayudan a la edición; si no lo hace, bueno, más libertad que solo pueden frenar los vivos —es decir, quienes ostentan los derechos sobre su obra—.
Ahora, un ejercicio práctico e ilustrativo. Nombre usted, lector —que no está metido en el mundo de los libros y no forma parte de la industria editorial—, a tres editores. Si puede, lo felicito: no es usted un lector común y corriente, es un verdadero ñoño. Si no puede, lo felicito, es usted un lector normal y no tiene nada de malo. Es parte del trabajo, son los gajes del oficio. Bu.

A ver, yo no soy padre de Hamlet o el fantasma de la ópera ni mucho menos. Tampoco es cuestión de hacerse el demiurgo y pasar por encima de los autores. Sin embargo, todas estas prácticas espectrales son solo eso: apariciones. Ningún fantasma deambula en pasillos que le pertenecen —quizás le pertenecieron, pero el presente y el futuro le esquivan la cara y no le entregan la escritura—; ningún espectro realmente posee.
En varias ocasiones, he puesto mucho de mí en trabajos que no llevan mi nombre. En otras, he colocado mi nombre real —ya sin el fantasmal seudónimo, como con el que escribo acá, aunque es fácil de asociar con mi nombre legal— en trabajos que son terribles y avergonzantes (con honestidad absoluta). En ambos casos, lo importante es saber que nada de eso me pertenece, perteneció o pertenecerá. Cuánto he tocado, cuánto no: eso queda entre el texto, yo y quizás el autor, según su interés o desinterés actúa como dios.
¿O acaso un panadero llora cada medialuna vendida? Al contrario; el placer está en hacer la medialuna, que sea comida y punto. Ningún florista anda enojado porque alguien más impresionó a otro con su ramo de flores: las flores nunca fueron suyas. Nombre usted a tres panaderos, nombre usted a tres floristas. Los oficios a veces requieren de cierta anonimidad; el hecho de que la edición tenga un componente intelectual no permite una distinción en la escalinata. Quizás solo los grandes panaderos, los grandes floristas y los grandes editores pueden ser llamados por nombre y apellido. No sé qué tanto me interesa a mí, a fin de cuentas.
Es muy conocida la frase de Roger Stoddard y muchos espectros de la industria la repiten litúrgicamente para descubrirse un poco la cara de esa sábana: «whatever they may do, authors do not write books» —o la versión que circula en nuestro ámbito hispano: «los autores no escriben libros, escriben manuscritos»—. Quizás, dejar atrás el algodón es necesario porque ningún trabajo es invisible al final: la prueba está en los libros, aunque no se pueda distinguir qué tinta puso la tilde en esa palabra esdrújula. Sin embargo, a veces, lo fantasmagórico puede venir al pelo cuando toca editar cosas realmente tenebrosas por un sueldo. ¿Quién me vendió esta medialuna quemada?

